martes, 17 de junio de 2008

Mendigos

Los imponentes mendigos que presiden la escalinata del templo Jagdish de Udaipur lo ven pasar sin dedicarle siquiera un gesto, pero antes de llegar abajo se encuentra rodeado de niños sucios y malnutridos que le piden limosna con manos teatralmente extendidas y voces teatralmente lastimeras. Tras unos momentos de vacilación en que de repente se encuentra mirando las monedas como si fueran marcianas, incapaz de recordar su valor, reparte toda la calderilla que lleva. Eso apenas da para la primera fila de lo que es ya una pequeña multitud: ahora han visto que das y ya no habrá forma de acabar, piensa a la vez que se lamenta de pensarlo. Tiene billetes pero no los va a sacar, sería desproporcionado, imposible elegir a quién, por qué cien rupias a un niño y a otro nada (y a la vez se sabe mezquino, no da billetes porque no se dan billetes, porque lo normal es dar calderilla, no hay más motivos, sólo racionalizaciones). Sólo queda hacerse a la idea de que va a atravesar los doscientos metros hasta el coche acompañado de niños desesperados, o lo que es peor, de niños que fingen una desesperación verdadera.

Al pie de las escaleras del templo hay una mujer con un niño en brazos. No se ha movido mientras los críos se lanzaban al asedio, pero en cuanto ha sentido los ojos del viajero en los suyos le ha clavado una mirada durísima de sostener. Es una mujer preciosa, una belleza frágil y acuciante que no suplica ni reprocha, que ni siquiera se duele: se limita a mirar con la misma resignación incandescente que se encuentra en los ojos de las vacas. La ve acercarse mientras sigue lidiando con los niños, y sabe que va a darle el billete aunque sólo sea para cancelar el ofrecimiento mudo que está ahí, en segundo plano pero inconfundible tras la mansedumbre bovina o entrelazado con ella. Para abreviar la angustia recorre los pasos que aún los separan, le pone el billete en la mano sin mirarla a la cara y se marcha entre el griterío de los niños, consumido de una intrincada vergüenza que le hará cocerse todo el día en su propio jugo.

Definitivamente no sabe uno qué hacer con esta agobiante, ubicua, inextinguible súplica que persigue al extranjero por toda la India. Habrá quien sepa establecer una línea de conducta y atenerse a ella pero el viajero, incapaz de tal dominio de sí, se ve obligado a improvisar amontonando incoherencias cada vez que se reanuda el baile. Ante las criaturas más atrozmente castigadas por deformidades sólo se le ocurre pensar que no basta con una simple mutilación para hacerse notar entre la competencia (y cuando encuentre la misma observación en los cuadernos de Henri Michaux creerá entender que ese cinismo impostado no es más que un mecanismo de defensa ante horrores que lo superan a uno). En cambio se le pondrá un nudo en la garganta cuando se dé cuenta, en un semáforo, de que el niño que aporrea la ventanilla ignorando al chófer que trata de ahuyentarlo a gritos no es manco, sino que lleva un brazo escamoteado bajo la camiseta en torsión imposible, tal vez amarrado a la cintura. Y cuando en la subida de Amber Fort una niña de tres años se ponga a hacerle monerías aprendidas, como una pequeña putita, le entrará una angustia tan intolerable que prácticamente echará a correr cuesta arriba. La picaresca de andar por casa, el menudeo chantajista, la mano extendida tras la esmerada sonrisa de foto lo alteran más que la petición cruda y directa.

Giorgio Manganelli tiene la clase de inteligencia poliédrica y astuta que hace falta para examinar el tema sin caer en las trampas del sentimentalismo o la flagelación, ni mucho menos en la barata fascinación espiritualista que hace de las crónicas de Pasolini una lectura embarazosa a ratos.

La explanada ante el hotel está a reventar de mendigos; abundan especialmente los niños que te siguen con su zumbido de mosquitos, tenaces, insistentes, sosegados, como el que tiene todo el tiempo para vivir y para morir, incluso en una tarde. Hay algo extraño en ese modo de pedir limosna, algo espurio, casi un engaño –oh, por caridad, la miseria, las enfermedades son todas “de verdad”, pero son también algo más. Intento comprender qué sentimientos intenta provocar en mí el mendigo. El occidental es sentimental, el espectáculo de la miseria lo conmueve; sí, esto es verdad, pero no es todo; observo con atención a mis mendigos y veo que los indios los ignoran, y prácticamente los mendigos ignoran a sus conciudadanos menos desventurados. El extranjero es sentimental, ¿no? Pero hay otra cosa. Una tarde, un chavalillo que me llevaba siguiendo pacientemente al menos veinte minutos me susurró que si le “daba algo” me dejaría en paz. Eran las primeras horas de mi viaje indio, era ingenuo todavía, mi idea era que bastaba evitar al mendigo para hacerle entender que no era cuestión de insistir. La primera tarde había cambiado de acera dos o tres veces para eludir a un mendigo que ambicionaba especializarse en mi limosna. Qué error: el mío, quiero decir. Cruzando para evitarlo le había hecho comprender que estaba a disgusto, y que por tanto valía la pena insistir; porque el occidental no sólo siente piedad, no sólo es sensible a las señales de la enfermedad y es lo bastante lascivo para conocer las prevenciones del asco, sino que se inclina también a los sentimientos de culpa. Y esto el mendigo indio lo sabía, como sabía que el indio no es sensible, no se asquea, no se aburre ni conoce sentimientos de culpa.

El autor quiere penetrar en la manera india de ver el mundo y no va a dejar que los sentimientos le desvíen. Al final del párrafo llegará a una hermosa formulación: la ausencia de piedad individual hace del mundo indio un lugar trágicamente impermeable, impregnado de una dramática, incomunicable dulzura, una indiferencia sin desdén, sin remordimientos, sin indulgencia. Y uno, sin regatear la admiración por esta mirada precisa e inquisitiva, siente que no puede seguirla hasta el final, que debe quedarse con sus sentimientos de culpa, su pena y su asco, gestionarlos como pueda y decidir hasta qué punto deben aparecer o no en estas notas.

Con todo, el viajero se trae una idea de conjunto insensatamente optimista que casi le da vergüenza compartir, una idea hecha más de indicios que de realidades palpables: la sobreabundante publicidad de escuelas, el ambiente de domingo aburguesado y familiero en los parques de Delhi, los tenderetes de libros de segunda mano, la presencia masiva del turismo local en cada monumento que ha entrado a ver. Cuesta trabajo abstraerse de la montaña de miseria, de la capa de roña y desgaste que lo cubre todo, de la acumulación de cuerpos endebles dejados caer en cualquier espacio disponible, apoyados unos contra otros en espera de un autobús o de nada en particular. Más difícil aún será apreciar cambios o diferencias con un pasado que uno no conoce más que por referencias, pero desde luego este país no parece el mismo que recorrieron Pasolini o Manganelli en los setenta. Al poco de volver encontraremos la historia de unos fotógrafos suecos que vuelven al lugar donde veinte años antes hicieron un reportaje escalofriante, con camiones que pasaban al amanecer a recoger la cosecha de muertos de cada noche. Los niños que veían las fotos no reconocían su pueblo en ellas, se negaban a creerlo, tenía que ser un montaje.

¿Es posible que la India esté saliendo adelante? La idea se topa con un núcleo de resistencia mental; hemos crecido con el referente de la pobreza absoluta, el hambre irreparable, la madre Teresa. Se diría casi que nos cuesta renunciar al confort de la lástima, la condescendiente y podrida admiración por esas vidas supuestamente ajenas al materialismo, esa retórica de la sonrisa en el barro en que han caído algunos de nuestros mejores. El viajero, más libre de legañas espirituales y aquejado a cambio de una singular ceguera para todo lo malo y triste, ha visto o creído ver algo que le parece mucho más de admirar: la fe parsimoniosa y tozuda en el futuro que lleva a generaciones de padres a vivir y trabajar en condiciones espantosas con tal de darles a sus hijos la posibilidad de una vida mejor. Y no hay atavismo que pueda frenar ese empeño.

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