martes, 15 de marzo de 2011

Congelado, que no muerto

Siguiendo mi habitual tendencia ciclotímica, ando ahora concentrado en mi yo viajero. He remozado el viejo Paseante Invisible y le estoy dedicando las atenciones y cuidado que tanta falta le estaban haciendo. Falta que se pase alguien a leer, pero tampoco se puede tener todo.

jueves, 29 de julio de 2010

Recordatorio

(O, por qué no, hilo suelto dejado aquí para quien sepa tirar de él)
Pensar, en estos tiempos de adolescente y encarnizadamente recordar hasta que salte la sangre, en la generosidad del olvido voluntario o, por otro lado, en la elegancia imperial de hacer a un lado la propia biografía. Como los dos más buenos, si no los mejores, de entre nuestros maestros: un lugar de cuyo nombre no quiero acordarme, mi historia algunos casos que recordar no quiero.

Espabila

Que valen más tus fragmentos deslavazados que miles de folios de otros muchos con más fama te lo dicen, cigarra entre cigarras, los que guardan en la caja fuerte, por si un día su metódica musa no se presentara al llamado diario del articulito o al esfuerzo mensual de otro capítulo para la novela de turno, un buen montón de resmas de papel con valor de cambio reconocido e inmediato en divisas a prueba de vaivenes.

sábado, 17 de julio de 2010

Lo mejor es que pasan los días...

... y esa sonrisa no se borra.

sábado, 10 de julio de 2010

Efectos secundarios de estar en la cumbre

¿A quién coño le interesa el partido por el tercer y cuarto puesto? No consigo entender cómo me he sentado a verlo, todos esos años.

viernes, 9 de julio de 2010

2016

La causa fundamental de este parón en el blog, ya de por sí bastante lánguido, es que me he embarcado en una historia bastante absorbente: la candidatura de Málaga para ser capital cultural europea en 2016. Como el trabajo ha consistido básicamente en escribir y reescribir a toda velocidad, me quedaban pocas ganas al llegar a casa.

Hoy terminamos el dossier y espero que la vuelta a la normalidad incluya escribir por aquí más a menudo.

Les dejo un texto que no hemos usado por demasiado literario, y que creo sintetiza bastante bien el espíritu de la candidatura.


Fragmentos de paraíso

En Las ciudades invisibles, de Italo Calvino, Marco Polo despliega tarde a tarde, para apaciguar la despegada e insaciable curiosidad del Khan, su repertorio de ciudades vistas o imaginadas. Ninguna, entre ellas, más extraña que Pentesilea; ninguna más familiar.

Para hablarte de Pentesilea tendría que empezar por describirte la entrada en la ciudad. Tu imaginas, claro, que ves alzarse de la llanura polvorienta un cerco de murallas, que te aproximas paso a paso a la puerta (...) Si crees esto, te equivocas: en Pentesilea es distinto. Hace horas que avanzas y no ves claro si estás ya en medio de la ciudad o todavía afuera. Como un lago de orillas bajas que se pierde en aguazales, así Pentesilea se expande durante millas en torno a una sopa de ciudad diluida en la llanura.

Cualquier malagueño que viva en el Rincón de la Victoria y trabaje en Benalmádena reconocerá sin esfuerzo ahí su realidad cotidiana. Málaga dejó hace tiempo de ser un término municipal para convertirse en un continuo, una amalgama. Pero el campo ¿dónde está?, me preguntaba hace años, por la carretera de la costa, una amiga criada en las dehesas extremeñas, y yo no es que no supiera contestarle, es que no entendía la pregunta.

Cada tanto en los bordes del camino un espesarse de construcciones de magras fachadas, altas altas o bajas bajas como en un peine desdentado, parece indicar que de allí en adelante las mallas de la ciudad se estrechan. Pero prosigues y encuentras otros terrenos baldíos, después un suburbio oxidado de oficinas y depósitos, un cementerio, una feria con sus carruseles, un matadero...

De Estepona a Vélez se suceden filas indistintas de adosados que son la misma fila de adosados, centros comerciales de cartón piedra o de chapa pintada que son el mismo centro comercial, grumos de caserío precario que no se sabe si son avanzadilla desgajada o resto escapado a la demolición. El ojo distraído registra, a la velocidad del tránsito por la autovía, marcadores de lugar invisibles al forastero que identifican y ordenan en una secuencia las poblaciones: Calahonda, La Cala, El Chaparral... Abajo, junto al mar, las cosas aún obedecen a una memoria que hace las veces del orden que nunca hubo –Torre del Mar, Benajarafe, Chilches–, pero sobre la tira de asfalto que serpentea entre montes sembrados de cemento (las vallas protectoras, invirtiendo su función, esconden al conductor la proliferación inconcebible de chalets como tumores) los mecanismos de identificación se hacen más indirectos y referenciales, más innecesarios también. Los Boliches, Torreblanca, Carvajal (Malibu, Santa Monica, Venice) son sólo nombres en los carteles, hitos mentales en un recorrido que sólo entiende de origen y destino.

Las gentes que uno encuentra, si les preguntas:--¿Para Pentesilea?-- hacen un gesto circular que no sabes si quiere decir: Aquí, o bien: Más allá, o Doblando, o si no: Del lado opuesto. –¿La ciudad? – insistes en preguntar.
Nosotros venimos a trabajar aquí por las mañanas– te responden algunos, y
otros: –
Nosotros volvemos aquí a dormir.
--¿Pero la ciudad donde se vive? –preguntas. –Ha de ser– dicen– por allá, y algunos alzan el brazo oblicuamente hacia una concreción de poliedros opacos, en el horizonte, mientras otros indican a tus espaldas el espectro de otras cúspides.

De vez en cuando una curva, al cerrarse, deja ver entre un mar de bloques iguales de ladrillo el perfil de una cúpula, la corona verde incandescente de un jardín tropical, el arranque truncado de un bulevar que se adivina amplio y amable o el golpe triangular de acuarela de los veleros en la bahía, y descubrimos o recordamos que nos ha sido dado habitar una sucursal del cielo. Basta un golpe afortunado de volante, un cambio súbito de planes, el regalo de una tarde sin teléfono para gozar del milagro intermitente. Fragmentos de paraíso aguardan a la vuelta de la esquina al que sepa dejarse ir y reconocerlos.

Esta secreta certeza que nos pone a los nativos una media sonrisa en los labios cuando alguno desgrana el rosario de fracasos y carencias (pero son papeles alternos, otro día desgranaremos nosotros y aquél sonreirá) tal vez sea nuestra peor enemiga. Si la traza inconexa, la extensión sin centro, la indefinición espasmódica de los movimientos por un plano ilegible no acaba de percibirse como un mal que corregir es seguramente porque en los espacios que deja esa trama incompleta cada uno encuentra sitio para una vida modestamente feliz.

Si escondida en alguna bolsa o arruga de este mellado distrito existe una Pentesilea reconocible y digna de que la recuerde quien haya estado en ella, o bien si Pentesilea es sólo periferia de sí misma y tiene su centro en cualquier lugar, he renunciado a entenderlo.

El lector habrá percibido hace rato que no estoy hablando –sólo– de barrios y carreteras. La desarticulación de la ciudad alcanza a las ideas, los proyectos, las iniciativas o la propia percepción. Encastillado en su jirón de ciudad, el malagueño no ve más allá de la siguiente curva y se rinde a la falsa evidencia de que somos un páramo de inactividad (mientras que desde fuera nos perciben en ebullición). La unidad de propósito, la firmeza identitaria que en las ciudades amuralladas y compactas permite movilizar a la población -como un solo hombre- a golpe de slogan o acontecimiento nos resulta ajena, incomprensible, antipática incluso: aquí cada uno ha hecho siempre la guerra por su cuenta. Pero la dispersión de esfuerzos disipa casi totalmente los rendimientos: la ciudad sin límites podría devenir así, por ley de termodinámica, ciudad paralítica a pesar de toda su energía. ¿Habrá entonces que dejar de ser lo que somos, tallar la ciudad hasta encontrarle un núcleo diamantino y tirar lo que sobre?

Tal vez haya otras maneras. Sabemos que en esta Pentesilea mediterránea y bastarda, continua y desarticulada hay –no escondida entre los pliegues, no sepultada por lo indistinto, no secreta sino más bien presente al trasluz, simultánea, sobreimpresionada- una ciudad espléndida y memorable. Pero no somos ni seremos nunca, nos dicen, como Verona, o Brujas, o Santiago de Compostela. No hay un tramo de ciudad ininterrumpidamente hermoso, ni ceremonia ajustada a un canon, ni gesto de finura que no pague algún peaje –como si así purgase una culpa inexistente- a la vulgaridad.

No se trata de terminar la ciudad, de fijar su belleza elusiva en un dibujo ceñido y compacto ni de soldar una por una las junturas posibles del mecanismo desarticulado. Se trata más bien de insinuar un rumbo común, de insertar unas cuantas rótulas, de encontrar maneras espontáneas y fluidas de ocupar los huecos y reparar los costurones. Si logramos que, como un puñado de limaduras de hierro que en presencia de un imán enfilan de repente la misma dirección, estos fragmentos inconexos de paraíso se pongan a trabajar juntos, habremos logrado nuestro objetivo.

sábado, 26 de junio de 2010

En los medios

Una entrevista en El Mundo

Y otra en Radio Nacional

Rumbo a la India, con Ignacio Jáuregui (Travesías)

lunes, 19 de abril de 2010

Festival de cine

Entre que las actrices son cada vez más normales, y que las malagueñas están en general bien buenas, se encuentra uno mirando cada melena airosa que se cruza, o cada par de piernas bien dibujadas, sin saber -y es cosa agradable la incertidumbre- si está admirando el género local y cotidiano o el glamuroso de visita.

domingo, 18 de abril de 2010

Coincidiendo

En varias ocasiones (aquí y aquí) me he ocupado de un tipo de imágenes que me atrae particularmente. Así que ahora que me encuentro con la gran Isak Dinesen transitando por el mismo coto de caza, me traigo aquí sus piezas cobradas:

Una fuga en verdad loca y contraria a la naturaleza, puesto que estaba huyendo, desoladamente, del único lugar en que ansiaba estar, como una pieza de hierro despedida por el propio imán, o como una potente tormenta que avanza contra el viento y oscurece el sol.

viernes, 9 de abril de 2010

Semana Santa, 2


Sábado santo, entre Volterra y San Gimignano

Semana Santa, 1

Viernes Santo, trono del Descendimiento. Muchacha que trae bocadillo al novio.

-Niño, cuando acabéis ¿dónde nos vemos?
-Ahí, en la catedrá.
-¿Cuá catedrá?
-Yo que zé, una que está ahí un poquillo más palante...

viernes, 26 de marzo de 2010

En algún momento...

... tendré que enfrentarme a Venecia, tengo dicho por ahí. Como las montañas se escalan poco a poco, aquí hay un primer pasito.

Los límites de la ciudad
1. Las Zattere

Si la ciudad diese por el sur directamente al horizonte abierto de la laguna tendría en esa zona un borde más abrupto y batido por el viento, más parecido a las Fondamente Nove; lo que confiere a las Zattere su carácter de paseo urbano es el alargado telón de fondo de la Giudecca, que se diría colocado ahí sólo con tal fin. De todas las inverosimilitudes de esta ciudad imposible, tal vez una de las mayores sea la forma en que el sustento geográfico parece adecuarse a un diseño previo: la franja estrecha de tierra que sostiene el barrio sedicentemente veneciano responde, dicen, a la crin de un banco arenoso, pero ningún paisajista habría clavado con más exactitud un emplazamiento que en un extremo insinúa el cierre del bacino sin cometer la grosería visual de, prolongándose, completar la silueta con trazo redibujado, mientras en el otro se deja diluir en la laguna abriendo el compás a la altura del Molino Stucky, justo cuando ya el paseo de enfrente no la necesita.

Es lícito figurarse que, arropado así por la lejana pero tranquilizadora fachada sur, el muelle de las Zattere estaba ahí disponible cuando Venecia, resignada a sumar a sus varias encarnaciones la de ciudad italiana de provincias, echó en falta un salón burgués. La Plaza era un coto de extranjeros ricos, la Riva degli Schiavoni debía estar ya tomada por el Danieli o sus derivados y Via Garibaldi pertenecía, con los Giardini, a las familias de pescadores y obreros del Arsenal, de modo que esta acera despejada e inusualmente amplia debió resultar el único escenario posible para el ritual decimonónico de dejarse ver. Las fachadas, noblotas pero no deslumbrantes, cobijan sólidas firmas navieras, sedes de instituciones vagamente eruditas, cajas de ahorro. Ni la gloria ni la putrefacción están aquí presentes: todo es, diríamos, aseado y de buen tono, aunque a cada poco el tajo de un canal revela estampas de desconchones, herrumbre y encajes fastuosos de piedra reflejados en agua turbia. Hasta el navío barroco de los Gesuati mantiene su inevitable nota de desmesura en un tono relativamente menor.

De una punta a otra debieron cruzarse, en días claros como este, bandadas de señoritas de encaje blanco y sombrero de paja con lechuguinos en traje de hilo, severas matronas cargadas de nietos con ceremoniosos viudos de luto riguroso. El recorrido natural dibujaría un lazo que, rodeando la Punta de la Dogana, se anudase en torno a Sta. Maria della Salute para volver al muelle por el lateral de la iglesia y recorrerlo de vuelta. Al viajero le gusta pensar, sin embargo, que el delicado equilibrio entre mundos coexistentes impone ciertas prohibiciones. El mero asomarse a esa punta podría alborotar en las venas de estos burgueses la sangre antigua de navegantes, inoculándoles, si no el arrebato de una belleza por momentos insostenible, sí el fervor de la distancia y la aventura. No, más prudente volver grupas a la altura del muro ciego del ospedale y dejar que los visitantes literarios se las entiendan con lo sublime.

A finales de mayo hay un frescor de terrazas con toldos listados, un sabor blanco de diversión inocente y reglada, una querencia de echar a volar las gaviotas en vuelo rasante por mera exuberancia muscular. Cuando el sol empiece a esconderse tras la línea de tejados de Giudecca se volverá todo –terrazas, farolas, embarcaderos- un mismo incendio lento que el degustador avisado querrá disfrutar desde el otro lado del canal, pero ahora triunfa una luz neta que revienta al topar con las hermosas lastras de piedra caliza del paseo, y es un gusto entregarse a la emoción pueril de elegir tres sabores de una lista inabarcable de helados.

De vez en cuando la pared descomunal de un transatlántico irrumpe como de la nada en el cuadro: como en una película de invasión alienígena el sol desaparece tras la silueta apabullante del artefacto, la fondamenta deviene angosto callejón y la propia ciudad parece reducida a dimensiones de maqueta recreativa puesta ahí para disfrute de los seres remotos que se arraciman en el último nivel de la estructura, mucho más alto que los tejados vecinos. La escena tiene, con todo, un aire tan innegablemente feliz que uno no puede por menos de cumplir su parte de microfigurante y saludar con la mano.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Una novela gótica

Llega una compañera de hacerse unas pruebas ginecológicas y trae la siguiente historia: una chica que está embarazada de tres criaturas, dos gemelos y un mellizo. Aparte de la improbabilidad y lo curioso del caso, me da por pensar en cómo crecerán esos niños, las relaciones ya de por sí intensas entre dos gemelos con el juego de un tercero que es y no es como ellos, las intimidades, las exclusiones, los celos. Si esto no tiene un novelón, no sé qué lo tendrá.

martes, 23 de marzo de 2010

Individuos

Sé que nadie se hace ya este tipo de preguntas, pero tal como se me ocurre lo anoto: si Napoleón hubiera nacido, en su misma época, austríaco o ruso, ¿habrían Rusia o Austria conquistado Europa entera?

lunes, 22 de marzo de 2010

Health care

Ahora que Obama ha conseguido su empeño histórico, a sus seguidores nos viene bien un poco de escepticismo para aguar el entusiasmo. Quién mejor que Ross Douthat, mi conservador favorito. Su artículo es un ejercicio de ya veremos que se puede leer como la previa de un rotundo yo ya lo dije, si la cosa sale tan mal como podría salir. Pero a ver qué columnista español (de políticos ni hablamos) firmaría esta conclusión leal, sensata y patriótica:

Yes, liberals have wrung their hands over the compromises required to pass the bill. But nothing has dislodged their fundamental assumption — an assumption straight out of the golden age of ’60’s liberalism — that a bill this costly, this complicated and this risky can be made to work, so long as the right people are in charge of implementing it.
As a conservative, I suspect they’re wrong. But now that the bill has passed, as a citizen of the United States, I dearly hope they’re right. Indeed, I hope that 20 years from now, in an America that’s healthier, richer and more solvent than today, a liberal can brandish this column and say “I told you so.” Because the alternative would mean that we’re all about to be very sorry, and for a very long time to come.

martes, 16 de marzo de 2010

A star is born?

María Pilar Bello, para mí hasta ayer desconocida, le escribe una réplica a Arcadi Espada y, válgame dios, qué impresión. Un martillo pilón dialéctico, una apisonadora argumentadora. Salvo una pequeña concesión al sentimentalismo (esos curas enamorados), la demolición científica y controlada del texto original que lleva a cabo es un espectáculo a medias inquietante y divertidísimo. Si hace eso con el hábil y escurridizo Espada, ¿cómo no dejaría a Millás o Suso?
Si alguien sabe dónde escribe (si lo hace) esta señora, por favor que avise.

jueves, 11 de marzo de 2010

¿Es Arturo Fernández un intelectual?


Por mi parte, hasta que no le pregunten a él también por todo lo que se mueve, no veo razones para escuchar las opiniones de Willy Toledo. Arturo al menos sabe vestirse.

jueves, 18 de febrero de 2010

El guión largo

No me refiero al de Lo que el viento se llevó, sino al signo de puntuación. Arcadi enlaza una página francesa en que se lamenta, oh, la caída en desuso de algunos signos o al menos de sus aplicaciones más sutiles. Concretamente se echa de menos el guión largo (tiret cadratin) que abre y no cierra:

il n’est plus guère utilisé seul, avec la valeur d’une super-virgule élégante, comme dans cette phrase de Céline : “En effet, ce voyage finit par m’épouvanter tellement on semble y prendre goût — mais qu’y puis-je ?”

Me ha hecho mucha ilusión, porque yo me empeño en utilizar esa supercoma que Nietzche utilizaba como un florete corto (en ocasiones para herir profundamente). No sé si en español es correcto. Cuando he preguntado me han dicho que no, pero yo me resisto a desprenderme de ese manierismo; hay cosas que no sé decir de otra manera.

De las comillas hablaremos otro día...

lunes, 15 de febrero de 2010

Una idea interesante

Paul Krugman se ocupa hoy en el NYT de nuestros problemas.

La idea de fondo (que el problema es el euro, la adopción de una moneda única antes de tiempo) no la había yo escuchado nunca. Alemania tiene mucho mayor poder adquisitivo, en España hace sol, luego era inevitable que nos convirtiéramos en una especie de Florida europea. Como en Florida, la demanda de vivienda por una población externa y rica produjo mucha pasta para todos primero y tremenda burbuja después. El déficit y la deuda se disparan cuando la burbuja revienta y hay que pagar costes sociales mayores con menos ingresos. Si hubiéramos tenido una moneda propia habríamos jugado (como hacían los gobiernos de FG y seguramente los últimos de Franco) con las devaluaciones, pero con una moneda única no podemos. Por otro lado, si fuéramos un estado de la Unión como lo es Florida los costes sociales los estarían pagando solidariamente los alemanes, con lo que los problemas de deuda no serían tan terroríficos. Descartada la vuelta atrás, Krugman recomienda avanzar hacia la unión política a la mayor velocidad posible, pero no lo ve probable. ¿Resultado? A big european mess que no es culpa de los malvados especuladores ni del criptocomunismo disimulado de ZP, sino sólo consecuencia de una decisión enorme y precipitada que habrá que ir pagando.

No sé nada de economía, pero la explicación me resulta seductoramente simple. Me gusta, en cualquier caso, leer estos análisis de fuera. Lo que puedan perder en precisión lo ganan en ignorar los a prioris del cainismo nuestro de cada día.

viernes, 12 de febrero de 2010

Tripoli. Dos lugares (II)


Por la noche, llegando desde el puerto, la Plaza Verde chisporrotea de luz eléctrica en medio de una ciudad que se ha quedado a oscuras. La mole del castillo se reduce a una silueta negra y vagamente ominosa, los reflectores afilan dramáticamente las aristas de las columnas triunfales y las fachadas se borran en un hiriente resplandor blanco. La lámina metálica del estanque duplica el cuadro entero con nitidez hiperrealista (cuando en casa probemos por juego a volcar la foto resultarán indistinguibles realidad y reflejo).


La gente ha huido –era de prever- de esta cruda e inclemente luminosidad para refugiarse justo detrás, en callejones precarios que revelan, a pocos pasos, el carácter de tramoya de esta arquitectura. Asomado a uno de ellos desde el borde del soportal al viajero le parece estar asomándose a una pantalla de cine: es otro mundo el que tiene delante, pero es ciertamente el mundo que había esperado encontrar en una capital del norte de África, y basta dar un paso adelante para que la materialidad desmienta el espejismo: si acaso sería uno el que entrara desde la proyección, como en la película aquella de Woody Allen. Las bombillas colgadas al bies de lado a lado arrojan una luz amarilla e incierta que no alcanza al suelo de tierra y agiganta los aparatos de aire acondicionado que puntean las fachadas en dudoso equilibrio sobre escuadras torcidas. Los vuelos irrumpen, como en las viejas medinas, hasta media calle, dibujando en torno suyo espesos rincones de sombra. El aire está preñado de humo grasiento y olor a especias que salen de los tugurios apretados en fila india; en las mesitas apiñadas en la calle una parroquia exclusivamente masculina se atiborra a kebab, té y nargiles, juega al backgammon, conversa a gritos de mesa en mesa. Un poco más adelante hay pequeñas tiendas, barberías abiertas toda la noche y un movimiento que tiene, por atavismos que repartiremos a medias entre los sujetos y el observador, un aire subrepticio, complicado, inevitablemente sospechoso a pesar de su más que probable inanidad.



Caminando un poco al azar se acaba el viajero encontrando de nuevo en la loggia mussoliniana. Aquí no parece que hayan pasado las horas: el mismo ambiente de comodidad sin pretensiones, la misma lenta complacencia, tal vez incluso los mismos señores que cuatro o cinco horas antes. Si no fuera presunción intolerable, el viajero diría que se las ha arreglado para dar con el corazón de la ciudad.